Deben ser cosas de los nostálgicos, como dice mi buen amigo y últimamente sufridor acompañante en los partidos Agustín Rodríguez, y estoy seguro de que la melancolía abunda por el Ramón Sánchez-Pizjuán.
Blanco níveo, blanco albar, blanco nuclear… blanco cegador que deslumbra. El que representa la pureza y lo inmaculado.
Spencer en un partido frente al Balompié.
El único color que aglutina todo un sentimiento, sin parafernalias, sin letra pequeña y sin condiciones. El paraguas donde se cobija el sevillismo, el símbolo que nos distingue, la camiseta palangana como así lo definieron veladamente y casi sin quererlo aquellos pioneros, cuando allá por 1908 se encargó con franja roja como cuentan las crónicas.
Mi patria es la de color blanco, mi territorio tan solo tiene una hectárea cuya capital es el punto blanco del centro de mi país que se llama Estadio Ramón Sánchez-Pizjuán. Sin gualdas, ni verdes, ni morados. El blanco con el que todos nos identificamos y nos hace sentir diferentes. Ese elemento diferenciador que paradójicamente nos hace a todos iguales y el único que no creará debate sobre si el sevillista debe ser español o no, si republicano o no, si nacionalista o no, para unirnos bajo él como si del manto inmenso de una dolorosa se tratase. Casi de forma religiosa incluso para los escépticos como yo.
El blanco representa la ausencia de color, por sí mismo desdeña al resto de la gama de colores infinitos, el blanco aéreo, etéreo, portador de la quintaesencia sevillista. El azote implacable de los que confundieron tendenciosamente “blanco” con “fascismo” y en el fondo nunca les faltó razón: un Sevilla FC dictatorial dentro del terreno de juego, de color blanco, cómo no.
Cuánto te echamos de menos, camiseta blanca, con tu pequeño ribete en rojo, como sin querer asomar y manchar la historia que conlleva.
Ya sea Nike, Adidas, Puma, o incluso Joma con el diseño que quieran si tenemos que hocicar, con cuello o sin él, ajustada o no, pero blanca, siempre blanca, en Andalucía, en España y en Europa. En el infinito y más allá.
Qué lamentable espectáculo ayer en los aledaños de nuestra Casa blanca cuando pude presenciar la gama de camisetas que portábamos los aficionados sevillistas que nada se parecían entre sí, ni nada nos identificaba como tales si no fuese por el escudo que ese sí es imperturbable e impertérrito. Rosas chicle, naranjas butano, azules cobalto, arlequinadas, negras con fajín militar, las de parche en el hombro, las de brochazos picasianos y las de la cruz de Malta.
¿Cree alguien de verdad que nuestra camiseta de blanco total no se vendería un año sí y el otro también?
¿Cuánto hace que no te veo?